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Pensamos que el hombre más feliz no es aquel que tiene más momentos felices en su vida, sino aquel que sabe resolver de la mejor manera los problemas que se le presentan, porque en la vida hay pocos momentos realmente felices, pero sí una enorme cantidad de problemas que deben resolverse. De igual forma, así como se necesita agua para aprender a nadar, se necesitan problemas para aprender a enfrentarlos. Esto significa que los adolescentes y jóvenes deben comenzar, por sí mismos, a resolver los problemas cotidianos, aunque ello conduzca a menudo a dificultades y a un aparente desorden.
Esta forma de educación constructivista implica dos conceptos fundamentales: el derecho al error y el derecho a la rebeldía, que contradicen completamente la educación tradicional que se ha ejercido hasta ahora.
“El error es un derecho; es el punto de partida para que nuevos conocimientos emerjan. El niño, el adolescente y el joven aprenden si tienen la libertad de equivocarse, si tienen obstáculos que superar, si tienen la libertad de explorar nuevos caminos”, nos explica el pedagogo argentino Néstor Hugo Quiroga en su libro Viaje al interior de la Escuela. “Es necesario repensar la educación no tanto desde el conocer, sino desde el recrear, descubrir, crear e inventar. No hay un motor natural que desarrolle ciertas funciones superiores, como, por ejemplo, la lengua escrita o el pensamiento científico. Estas solo se producen en el sujeto en la medida en que haya una participación sostenida en actividades de pensamiento recreativo primero y creativo después. El niño viene, de algún modo, dotado naturalmente de la capacidad de jugar y asimilar, de pensar y actuar, de compartir y crear.”
En cuanto al derecho a la rebeldía, Quiroga afirma que “no hay que tener miedo a las nuevas ideas, porque las nuevas ideas remueven las jerarquías”. También Paulo Freire, en su Pedagogía de la Autonomía, se refiere a este tema. Explica que la historia, la cultura y la política no sirven para adaptarse a ellas, sino para cambiarlas: “Es preciso que tengamos la resistencia que nos preserva vivos, la comprensión del futuro como problema y la vocación para ser más, como expresión de la naturaleza humana en proceso de estar siendo; fundamentos para nuestra rebeldía y no para nuestra resignación, que hace que las ofensas nos destruyan el ser. Una de las cuestiones centrales con que debemos lidiar es la promoción de posturas rebeldes hacia posturas revolucionarias, que nos adentran en el proceso radical de transformación del mundo. La rebeldía es el punto de partida indispensable; es la deflagración de la justa ira, pero no es suficiente. La rebeldía, en cuanto denuncia, debe prolongarse hasta una posición más radical y crítica, fundamentalmente anunciadora. El cambio del mundo implica la dialéctica entre la denuncia de la situación deshumanizante y el anuncio de su superación; en el fondo, nuestro sueño.”
Sabemos que los adolescentes y jóvenes a veces se equivocan al evocar una rebeldía sin causa; sin embargo, aquí igualmente se debe conceder el “derecho al error”, ya que ¿cómo se puede aprender una rebeldía constructiva si no se tiene la oportunidad de experimentarla?
Dado que el conductismo y la educación tradicional en general están estrechamente vinculados con el sistema de planificación curricular basada en objetivos, nos vimos obligados a buscar alternativas de planificación curricular; definitivamente, no se puede hacer una educación alternativa utilizando esquemas tradicionalistas. En esta búsqueda, nos encontramos nuevamente con el pedagogo argentino Néstor Hugo Quiroga, quien fijó nuestra atención en el concepto del “saber” en vez del “objetivo”. Respecto a los saberes, nos cita el dicho del filósofo Confucio:
Si lo oigo, lo olvido. Si lo veo, lo olvido. Si lo hago, lo sé.
El saber siempre se debe observar desde el punto de vista del niño y no del adulto. Va mucho más allá del objetivo, porque incluye la manipulación o investigación de la cosa a aprender. Así, el “saber” abarca información, conocimiento y manejo. Por esta razón, nuestro plan curricular ya no incluye objetivos por actividad, sino simplemente las acciones a realizar, sus contenidos, la participación de los niños, adolescentes y jóvenes, y además sus fuentes de evaluación.
Estos saberes son elaborados por los niños, adolescentes y jóvenes respecto a cada actividad; los anotan en cartulinas y los colocan en las paredes del lugar donde se desarrollará. Una vez fijados, también pueden escribirse en tableros de venesta y profundizarse mediante dinámicas esporádicas. Una vez al mes, o después de haber concluido la actividad, cada adolescente y joven se evalúa a sí mismo en una hoja de evaluación.
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